martes, 8 de noviembre de 2016

La mañana después de que la marea me arrastrase hasta esta costa —sal en mis oídos, arena en mi boca y las olas siempre en mis tobillos— me sentí como si todo hubiese conspirado para acabar en este último naufragio. No recuerdo nada salvo el agua, las piedras en mi vientre y mis zapatos amenazándome con hundirme hacia donde sólo las criaturas más lánguidas nadan.

Aquellas islas en la distancia, estoy seguro, no son más que reliquias de otro tiempo, gigantes durmiente, dioses sonámbulos tendidos para un último sueño. 

Algunas veces, por la noche, puedo ver pasar las luces de un petrolero o de un pesquero. Desde allí arriba, en los acantilados, son mundanas, pero aquí abajo las luces infunden un sentimiento de ambigüedad. No puedo asegurar si provienen de encima o de debajo de las olas. ¿Y por qué no de ambas a la vez? No hay nada mejor que hacer aquí que dejarte llevar por las contradicciones, mientras esperas a que el tejido de la vida se deshilache.

Enjuago la arena de mis labios y sujeto incluso más fuerte mi muñeca. Mis temblorosos brazos no aguantarán mis agonizantes memorias.

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